¡Examínate! Tú puedes ser tu mejor juez

¡Examínate! Tú puedes ser tu mejor juez

O tu mejor profesor

Se trata de uno de los métodos de estudio más eficaces, pero, en ocasiones, desconocido o inexplorado por muchos. Ya que, aunque estar aprendiendo significa precisamente no ser un experto en la materia (al menos todavía?), sí que podemos realizar diferentes pruebas para saber cómo va nuestro aprendizaje.

Por supuesto, nos referimos a formatos que van más allá de autoevaluaciones prediseñadas por los formadores. Las cuales también son muy útiles, dicho sea de paso.

Pero, en este caso se trataría más bien de lo contrario, de aprender a “autoevaluarnos” por nosotros mismos y a incorporar estas técnicas a nuestra rutina de estudio.

Lo que nos aportará, principalmente, tres ventajas. Por lo general en este orden:

  • Autonomía. Porque nos permite ubicarnos con facilidad, saber en qué parte del proceso nos encontramos, cuánta materia dominamos y cuánta información nos falta por conocer. Y esto nos permitirá diseñar con mayor precisión nuestro horario, cuándo es conveniente un repaso y cuándo podemos avanzar al siguiente nivel.
  • Autoconfianza. La autonomía nos aporta, a su vez, autoconfianza. Nos entrena. Sentiremos más control sobre el proceso y por tanto reduciremos ansiedad y estrés en el estudio. Al tiempo que le iremos perdiendo también el miedo al tan temido día del examen. Si nos examinamos a menudo seremos más conscientes de la solidez de nuestra formación.
  • Autoexigencia.- Es decir, capacidad para dar lo mejor de nosotros mismos siempre, sin caer en la autocomplacencia. Porque si somos capaces de evaluar la productividad de una jornada, una semana o un mes de estudio, sabremos también hasta donde podemos llegar y ponernos nuevos retos por delante.

Pero para examinarnos eficazmente tenemos que hacerlo de la forma adecuada. Una de las fórmulas más utilizadas es elaborar un examen tras el estudio de una parte de la materia.

Para ello es recomendable que las preguntas las anotemos justo después de estudiado o repasado el tema. Y que, en cambio dejemos un tiempo hasta contestarlas, con el fin de comprobar si realmente hemos grabado la información. Y, lo más importante. Si somos capaces de reelaborarla, para contárnosla a nosotros y en un futuro, a nuestro profesor o a los jueces de una oposición.

Y, como en casi todo, lo más difícil es empezar, aquí te proponemos tres formas estupendas para empezar a autoevaluarte:

  • Las flash cards. Se trata de un método cada vez más popular y del que ya te hemos hablado en varias ocasiones. En resumen, tarjetas (a modo de trivial) elaboradas por nosotros mismos con una pregunta en el anverso y una respuesta en el reverso. Así podremos ponernos a prueba en cualquier lugar.
  • Exposiciones orales. Solo necesitamos una grabadora. Aunque esto será sencillo, porque hoy la mayoría de móviles ya la incorporan. Una vez te hagas con ella, solo tienes que grabar la exposición de un tema en voz alta. Puedes hacerlo como repaso, pero también como evaluación, con el fin de comprobar que “eres capaz de explicarse hasta tu abuela”, como decía Einstein.
  • Los simulacros. Consisten en recrear las condiciones del examen. Es una opción más dura y, por tanto, no debe hacerse tan a menudo. Pero es bueno que nos forcemos a nosotros mismos a responder a las preguntas en el tiempo y en el espacio que se nos exigirá el día del examen para el que nos estamos preparando. Por eso, estos ensayos, al margen de evaluar nuestro conocimiento, “nos entrenan” para el día más importante.

En definitiva, piérdete el miedo, porque, contrariamente al dicho, a veces no hay mejor juez que nosotros mismos.

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