Cómo mejorar la eficiencia lectora. Segunda parte: la comprensión

En la primera parte de este artículo (pincha aquí si no lo leíste) te propusimos una autorreflexión sobre tu manera de leer y comentamos los tipos de lectura existentes con la intención de optimizar el tiempo que le dedicas a esta tarea y no solo para reducir el tiempo de estudio sino para poder leer el propio examen al que nos tengamos que enfrentar pero… ¿es una meta a la que llegar a cualquier precio?

En absoluto, el otro foco en esta búsqueda de la eficiencia es la comprensión del texto en sí. Sabemos que aprendemos a leer y leemos para aprender por lo que la lectura es medio y fin a la vez y su comprensión dependerá de muchos factores. Por ejemplo, dependiendo de la estructura del texto, de los motivos que nos incitan a leer, de la propia dificultad del texto, el resultado puede ser más o menos óptimo.

Fijándonos en el estudio en concreto es fácil caer en una actitud pasiva en la que se espera al finalizar la lectura para analizar el tema tratado. Desgraciadamente también es muy probable que en ese momento lo que suceda es que no nos haya quedado claro el contenido o bien hemos olvidado dónde se localizaban los puntos clave del mismo.

Para evitar estos problemas existe la posibilidad de dar un giro a nuestra actitud. Y este giro consiste en anticiparse al texto mediante la lectura activa. Supone saber de antemano cuáles son los aspectos que nos interesan y qué partes son las fundamentales del texto que vamos a leer.

Avanzamos una infografía y luego detallamos el contenido.

La actitud activa que estamos ejercitado tiene dos grandes objetivos: detectar lo fundamental y jerarquizar debidamente la información para poder entenderla y asimilarla mejor.

Como ya hemos visto en la imagen, los pasos a seguir para realizar una lectura activa son:

  1. Lectura exploratoria o prelectura rápida para familiarizarse con el texto.
  2. Formulación de preguntas. Una vez conocido el texto se plantean las llamadas preguntas clave: qué, cuándo, quién, cómo, por qué, dónde.
  3. Toma de notas diferida. A partir de las respuestas dadas a las anteriores preguntas, jerarquizamos las ideas para, a continuación, elaborar una síntesis del texto con nuestras propias palabras.

Para lograr aterrizar esos pasos es realmente importante como lectores reconocer la estructura de los textos. Básicamente podemos clasificar los escritos en dos grandes bloques:

  1. Los escritos objetivos o descriptivos comunican ideas, datos o conceptos como, por ejemplo, las obras científicas, filosóficas o de ciencias sociales.
  2. Los textos narrativos o subjetivos expresan estados interiores, sentimientos, emociones, etc. Las obras literarias y artísticas pertenecen a esta categoría.

Finalmente, descenderemos en nuestra lectura a la que podemos entender como unidad de pensamiento de un texto: el párrafo. Detectar la frase e idea principal de cada uno nos ayudará enormemente a entender el pensamiento del autor. Como tal unidad mínima nos desvelará las claves y hará que el recorrido por la estructura se complete de sentido.

Confiamos haber sabido transmitir la importancia de la lectura eficiente y nos gustaría que nos dejaras dudas, propuestas o experiencias en los comentarios para enriquecer entre tod@s los recursos que vamos lanzando en el blog. ¡Te esperamos!

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