Yo también soy funcionario

Desde la irrupción de la crisis económica trabajar en la administración pública supone estar doblemente en el centro de la diana mediática. Por un lado por la supuesta seguridad del puesto de trabajo de los funcionarios y por otro lado por el supuesto despilfarro en el mantenimiento de los servicios públicos. En este contexto, los funcionarios venimos siendo vituperados por amplios sectores de la opinión pública. Todos los funcionarios hemos tenido que escuchar los típicos tópicos relativos a los privilegios, a la poca productividad, a la multitud de los que somos y en algunos casos a la falta de profesionalidad. En definitiva comentarios para todos los gustos como si el funcionario se hubiera convertido ya en una pesada carga para toda la sociedad.

Este pogrom indiscriminado y premeditado contra todo lo público sólo puede tener su origen en la intencionalidad por acabar con la función redistributiva del Estado.

Esta visión que he descrito hasta ahora no nos debe hacer olvidar las deficiencias de que adolece la Administración y que tienen que ser erradicadas con políticas reformistas que busquen la excelencia, la proximidad y la participación del ciudadano. También es cierto que se podría analizar la productividad, la motivación y los excesos existentes en amplios sectores de la administración. Pero eso no justifica la campaña descalificadora a que anteriormente hacía referencia.

Me pregunto ¿quién no ha necesitado de los servicios públicos? quien no ha recurrido a los servicios públicos de salud (atención ambulatoria y atención hospitalaria), a los cuerpos de seguridad, etc.  Yo cada día utilizo los transportes públicos para desplazarme, recibo la correspondencia en mi vivienda, recogen la basura de mi edificio, limpian mi barrio, etc.

Por tanto, como resumen a mi reflexión, los funcionarios, sea cual sea nuestro nivel, somos servidores públicos y de eso nos debemos sentir orgullosos.

José Luis García

Institut Català de la Salut