La formación es una herramienta clave para el desarrollo personal y profesional de las personas y un instrumento indispensable para incrementar la competitividad de las empresas dentro de los mercados nacional e internacional. Esta idea, vigente en cualquier momento al margen de la coyuntura económica por la que atraviese un país, se hace todavía más presente en un momento como el actual, en el que conceptos como amortización de puestos de trabajo, flexibilidad laboral y mejora de la productividad están al orden del día dentro del ámbito de las relaciones laborales.
España es uno de los países con menor productividad por hora trabajada dentro de la UE. Y uno de los menos competitivos. Lo ha sido tradicionalmente, pero la situación de crisis por la que atravesamos ha obligado además a muchas empresas a amortizar puestos de trabajo y flexibilizar sus plantillas para reducir costes y poder así afrontar con garantía la caída de ingresos derivada del descenso de actividad.
Y es aquí donde la formación juega un papel fundamental dentro de la que debe ser una estrategia empresarial orientada, no solo a sobrevivir en época de crisis, sino una estrategia de futuro dirigida a conseguir un buen posicionamiento en el mercado de trabajo. Necesitamos recursos humanos preparados. Y preparados quiere decir formados. Necesitamos personal cualificado y flexible, que sepa adaptarse con facilidad a las nuevas circunstancias, que pueda asumir una mayor diversidad de tareas y que tenga la capacidad para poder afrontar con solvencia los cambios continuos a los que se ve sometida la actividad de una empresa en crisis.
La formación bonificada pone a disposición de todas las empresas un crédito dirigido a la formación de sus trabajadores que se hace efectivo mediante bonificaciones en las cotizaciones a la seguridad social. Este sistema de financiación puede ayudar a las empresas a diseñar planes de formación que tengan como objetivo conseguir una mejora en la cualificación profesional de sus trabajadores, un incremento de su competitividad y una mayor flexibilidad laboral. Y éste debe ser un objetivo perfectamente cuantificable que nos permita medir la repercusión directa de la formación en la productividad de las empresas.
Para ello, se hace imprescindible acudir a empresas especializadas en consultoría de formación que analicen la situación actual de cada empresa, diseñando planes de formación a la medida que incluyan mecanismos de control para medir la incidencia de la formación, estableciendo, en su caso, los necesarios planes de mejora.
La formación ha sido tradicionalmente, dentro de las políticas de recursos humanos, la “hermana olvidada” en tiempos de crisis. Pero una estrategia empresarial inteligente debe cambiar esta tendencia para hacer de ella un instrumento fundamental para la recuperación económica. La innovación y el desarrollo no son posibles sin una mejora permanente en la cualificación de las personas que son, finalmente, el motor y el espíritu de cualquier empresa.
Rocío Robles Yañez
Directora Comercial y de Atención al Cliente
Adams Sevilla

